¿Han
notado que, sea cual sea el país, sea cual sea su ideología, sea cual sea su
manera de gobernar, actuar o pensar, tienen representantes en el poder ejecutivo,
legislativo y judicial que son realmente deprimentes? Sus declaraciones, proyectos, apariciones en los medios, lo ostentoso que son y variedad de depravaciones y demostraciones de ignorancia que avergüenzan a un niño de primaria, les distinguen.
Y se
hacen mediáticos porque dicen sin temor y tapujo lo estúpidos, cínicos,
desalmados, ambivalentes, incultos, desleales, egocéntricos, sofistas, inexactos,
iletrados, ominosos y manipuladores que son, sea todas esas antivirtudes o una
mezcla bien premeditada de ellas.
Y digo
premeditada porque muchas veces es la manera de conectar con quienes piensan y
sienten así y crear una secta de blindaje que les ampara, demostrando que el
trabajo de ennegrecer corazones y ensombrecer virtudes, bien que ha hecho en
esta llamada “batalla cultural”.
Representantes deprimentes
Son deprimentes porque
con palabras, acciones personales públicas y privadas, promoción, defensa y
aprobación de leyes, desdén hacia quienes le adversan (no son adversarios, son
enemigos sin que les quede ese título), buscan la manera de publicitar y darle
espuria magnificencia a aquello que vaya en franca degradación de la calidad
o el valor de una cosa.
Por ejemplo, en términos
económicos o sociales, una situación ya común (pero no lógica, humanista ni
justa) de estos representantes deprimentes es aquella que empobrece o reduce
las condiciones óptimas de vida y distrae las necesidades por frivolidades o
dándole ínfulas de respeto a las minorías en sus necesidades más pueriles,
deleznables, nada rentables y polémicas, con el fin de mantener el caos que
canse a los buenos y entretenga a los engañados, para satisfacción de los malos.
De allí que -como por
ejemplo en el parlamento europeo y en algunas legislaturas sudamericanas- se
observan las situaciones más fatuas, absurdas, peleas por reivindicar lo que no
reivindica a la raza humana, sino que le complace en su libertinaje, pero se lo
vende como libertad (libertad de expresión, libertad de prensa o libre
albedrío).
Y, para los que estamos
en contra de ello, ya es deprimente la sensación de retroceso o estancamiento
que hace sentir que las circunstancias son precarias y carentes de cualquier
tipo de brillo o éxito para la humanidad.
¿Lo bueno?, es que cuando
esos representantes deprimentes creen que se la comieron, salen grupos
(lamentablemente minorías) y los exponen y su salpicadura es menor, aunque
frecuente, casi que incansable. Pero se ha demostrado que no es imparable.
Aquí entra esa máxima de
que para gobernar, legislar o impartir justicia, se deberían tener estudios
varios y haber demostrado más de una vez, ser un ser humano de verdad, que sabe
equilibrar al bien contra el mal y no al revés, mucho menos escala posiciones
para demostrar que la estupidez y displicencia, pueden tener poder para su
regocijo.
Elijamos mejor, los
maulas no pueden seguir decidiendo el futuro o este, será más deprimente que
ellos.
