Ver
gente sincera y apegada a la verdad, incluso por encima de su conveniencia o
más, a la conveniencia de para quienes trabajan, es cada vez menor. Tanto que,
cuando sucede, uno debe salir a aplaudirlos y cuidarlos, como sí fuesen una
especie en extinción… porque podrían serlo.
Antes
de referirme a la buena atención de las personas, acompañadas por el halo de la
sinceridad, referiré una anécdota familiar:
Uno
de mis tíos (Luis Blanco, QEPD), tenía un taller mecánico y, su regla principal
-o más bien una prohibición o advertencia- para sus trabajadores para con él
mismo era: “Ningún carro que haya salido del taller, puede regresar porque
se mantiene la misma falla; tampoco otra relacionada a lo que se reparó”.
Fue bastante
fuerte mantener a un personal comprometido con esa sentencia, especialmente
cuando se les decía a los clientes como una garantía. Esa sinceridad le ganó
muchísimo trabajo, hasta que no pudo mantener cohesionado al grupo bajo ella y
volvió a hacer trabajos particulares, siempre apegado a su “mantra moral”.
Él era
de esa gente sincera que te hace respaldar aquello de que “nobleza obliga” y
que se apega a las necesidades de las personas y además cubre a quien la ejerce
de cualquier problema posterior por omisión o aprovechamiento.
La gente sincera que se debe apoyar
¿Ustedes
han visto en películas o series sobre vendedores que dicen maravillas sobre sus
productos y terminan siendo bazofias sin garantía?, esa gente es sincera pero
en reversa, ya que dicen y demuestran sin tapujos lo escoria que son, además de
sentar malos precedentes y crear estigmas.
Vendedores
de mostrador, cajeras, promotoras, influencer, creadores de contenidos,
locutores piratas, publicistas, mercadólogos, modelos, en fin, gente con
profesiones u oficios distintos, son los que más son acusados de falsear la
verdad sobre productos o servicios, omitir, ser indiferentes a las intenciones
de compra y al respeto hacia el público.
Aquello
de que “por uno, pagan todos”, mantiene pues la aversión a esta gente y más que
suspicacias, mantiene las dudas sobre lo que se oferta; ni hablar de las
industrias que crean artículos de necesidad real y necesidades impuestas, cuyos
estándares de calidad son cuestionables e incluso esos rangos de calidad A, B,
C, D, crean confusión y son manipulados para abaratar costos y captar incautos,
como aquello MADE IN CHINA.
Pero,
la gente sincera que la hay, aunque muy graneada e incluso, vigilada y
amenazada o seducida para callar, sigue salvando el bolsillo y la fe de los
consumidores, con tan sólo decir la verdad que no ofende sino al timador.
Entre
la gente sincera que me he encontrado hace poco está un vendedor de panes
artesanales al cual le pedí un “pan piñita (pan dulce pequeño)” y me dijo, “señor,
este pan está un poco viejo y asoleado y me dijeron que lo vendiera a menos; yo
prefiero decirle a la gente para que sea la que decida”. El pan tenía 4 días
con cambio de ambiente de sol a sombra. Le agradecí su sinceridad y no compré.
Él se
ahorró un problema conmigo u otro comprador, que sí bien no le reclamaría de
manera altisonante, a ningún vendedor u ofreciente de servicios le gusta que
alguien venga a decirle algo negativo de su negocio y menos, teniendo uno la razón
y ellos siendo copartícipes por omisión, del reclamo.
Y el
segundo caso reciente fue el de una cajera – vendedora a la cual le pregunté el
precio de un Power Bank y me respondió: “Ese vale $35, señor; pero no es bueno,
no se lo recomiendo”. Sin tener por qué decirlo, me lo dijo y dos veces le
agradecí su sinceridad. En la segunda ocasión su compañero la vio de manera
crítica y yo, a él, dándole a entender que la defendería como ella defendió mí derecho
como consumidor.
Por encima de todo
La gente
sincera dice con palabras o demuestra con acciones quien es realmente y es
bueno poder disfrutarlo o, al menos, intuirlo. Necesitamos creer en gente
ejemplar, con destellos de decencia que no se apagan y que van por encima de
cualquier corruptela o intimidación.
Esa gente
que no se ríe de ti, sino contigo. Que te dice lo que realmente debes escuchar
y lo sabe decir con firmeza y recordando que el único defecto de la verdad, es
la crudeza de la misma y el impacto que tiene para remecer a la gente buena y ayudarle
a tener opciones y en ellas reflexionar y el poder para destruir o hacer que se
vuelvan locos y bufen los malos que quieren seguir aprovechándose de los demás.
La gente
sincera sabe decir las cosas, actuar, alejarse o acercarse; sonreír o echar
miradas destructoras de manipuladores. Sabe ser sutil y usar el don de la
palabra para poder llevar a buen puerto al barco a la deriva que es alguien que
estiman o a un desconocido.
Es esa
gente que sale a ayudar sin mirar a quien y lo hacen porque les nace, satisface
y retroalimenta, sin llegar al egocentrismo. Es esa que de pronto te escribe,
llama o busca sin tu saberlo y con sinceridad te hace sentir apreciado y
valiosa, sacándote del cliché de que te buscan sólo cuando necesitan un favor.
Ojalá
que esa semilla de sinceridad y honestidad no ocasione problemas (pérdida de
trabajo, peleas, insultos, descuentos, amenazas, funas, etc.), porque necesitamos
urgentemente que se riegue para poder recuperar el civismo en nuestros pueblos
hispanoparlantes, como por igual en el resto del mundo.
Ser sincero,
amable, honesto y servicial jamás te va a doler y, ante cualquier impasse, la
vida te reivindica con algo mejor y mejor gente en derredor.




