El sistema eléctrico en jaque: el motor fundido de la cotidianidad venezolana

La crisis que atraviesa el sistema eléctrico en Venezuela ha dejado de ser una noticia de coyuntura para transformarse en una mala condición de vida, o mejor dicho, en una limitación constante para la misma, disfrazada de una falsa hidalguía o epopeya, dizque nos hemos adaptado y podemos aguantar ello.

Ya no hablamos de simples "bajones" o cortes programados que se anuncian -mejor dicho, se anunciaban- con antelación; nos referimos a una inestabilidad estructural que mantiene a hogares, comercios e industrias en un estado de vigilia permanente y que agita el ánimo de cada quien.

El fluido eléctrico, ese flujo invisible que debería garantizar la modernidad, se ha vuelto un visitante caprichoso que aparece y desaparece sin previo aviso, dejando tras de sí un rastro de electrodomésticos quemados y planes frustrados o con una especie de “espada de Damocles” en su realización.

Desde la perspectiva del periodismo ciudadano, la narrativa no se construye con cifras macroeconómicas de megavatios, sino con el relato del vecino que perdió la comida de la semana porque el refrigerador se apagó durante doce horas; o del emprendedor que vio cómo su maquinaria se detenía en medio de una producción crítica.

La electricidad no es solo luz; es agua (porque las bombas no funcionan), es conectividad, es seguridad y, fundamentalmente, es dignidad humana y progreso individual, grupal, social.

sistema eléctrico

 

La fragilidad de una red que clama por mantenimiento

El primer gran nudo crítico es el evidente agotamiento de las plantas de generación y las líneas de transmisión. A lo largo de los años, la falta de una inversión sostenida y de un mantenimiento preventivo riguroso ha pasado factura. Las infraestructuras, que en su momento fueron orgullo regional, hoy operan a una fracción de su capacidad real.

Esto genera un efecto dominó: cuando una planta falla por sobrecarga o falta de repuestos, el resto del sistema debe compensar ese vacío, provocando una inestabilidad que termina por desconectar regiones enteras. Además, no todo es falla, es alguien bajando un interruptor y muchas veces lo hace mal, lo hace con saña o dispara fallas en los demás circuitos.

Hace poco, mientras intercambiaba impresiones en línea sobre la complejidad de estos sistemas, un experimentado electricista en Alicante (más de 40 años haciendo trabajos micro y macro en su región con cientos de resultados positivos) me comentaba con asombro cómo la falta de protocolos de protección básica en una red puede derivar en desastres en cascada. 

Esa visión técnica externa sólo confirma lo que vivimos aquí: la red eléctrica nacional en Venezuela está trabajando bajo un estrés constante para el que no fue diseñada. Los transformadores estallan en las barriadas no por mala suerte, sino porque el sistema ya no tolera la demanda o porque los componentes han superado con creces su vida útil y restituirlos requiere de “hacer una vaca”, ya que el falso “papa Estado”, no cubre esos aspectos aunque se pague.

Estamos ante un sistema que sobrevive gracias a "remiendos" técnicos, mientras el ciudadano común paga el precio de la improvisación y del control ideológico, en estos tiempos bajo el disfraz de “la afectación por los rayos perpendiculares del sol”.

 

El impacto social de vivir a oscuras

Más allá de los cables y las turbinas, el verdadero problema reside en la desarticulación de la vida social. Un país sin electricidad confiable es un país que se desincroniza del resto del mundo. En las zonas del interior, especialmente en estados como Zulia, Táchira o Mérida, el racionamiento es la norma y no la excepción.

Esto ha creado una suerte de "ciudadanos de segunda" que deben adaptar sus horas de sueño, trabajo y estudio a los caprichos de un interruptor que ellos no controlan.

Como periodistas de a pie, vemos cómo la salud también se ve comprometida -me incluyo-; los centros hospitalarios dependen de plantas eléctricas que, en muchos casos, no tienen el combustible necesario o fallan en el momento más crítico de una intervención, además de que el combustible escasea o se agota o se requiere de “otra vaca” para reponerlo.

El sistema eléctrico -como asegura nuestro asesor especialista en reparaciones eléctricas Alicante- es la columna vertebral de cualquier nación que pretenda avanzar. En nuestro caso, esa columna está fracturada. No basta con soluciones temporales o discursos que culpan a factores externos; se requiere una reingeniería profunda y una transparencia absoluta en la gestión de los recursos. La luz debe volver no solo a nuestros bombillos LED, sino a la planificación de un país que no puede seguir operando en la penumbra.

Lcdo. Argenis Serrano 

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